sábado, 20 de diciembre de 2008

Veintinueve y girando


Es curiosa la manera que tienen las cosas, las personas, de volver a uno. Pero no lo hacen con la intensidad del pasado sino que ahora, cuando ya hace tiempo que ni las echas de menos, irrumpen en tu vida y te descolocan haciéndote recordar momentos pasados.

No, ya no duelen como antes. Ahora miras atrás y ves los recuerdos como imágenes momentáneas a años luz. Si algo he aprendido, a mis 29 años recién cumplidos, es que es cierto aquello de que ‘el tiempo todo lo cura’, al menos te hace más experto, más cínico, menos inocente… Supongo que aprendes a sobrevivir, que no es poco.

Hace unos días volvieron a mí unos discos que ya creía perdidos para siempre y una voz cercana de hace un millón de años. Sorpresa. Empezaron a salir cientos de recuerdos de la chistera.

Siempre he pensado que lo que tiene que ver con uno, sobre todo si quema, nunca desaparece para siempre, que por muy lejos que se encuentre, al final, siempre acaba por volver a rozarte. Un día sales y te encuentras a una persona que te comenta que ha visto a alguien que fue importante para ti en el pasado. Vas a un bar y escuchas una canción que te transporta en el tiempo o recibes una llamada al cabo de los años de alguien que todavía se acuerda de ti… Al final, todo vuelve a encajar en su sitio.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Un grito


El otro día me dejó el coche tirada. Llevaba ya unas semanas dándome señales de alarma pero yo soy de las que apuran al máximo, hasta las últimas consecuencias. Sabía que algo no andaba bien pero así soy yo, pasota hasta límites insospechables. Seguramente moriré de una de esas enfermedades que si se trataran con algo de tiempo tendrían solución.
Si lo pienso, al final dará lo mismo porque, igual que mi coche de casi once años, todo un abuelete si lo equiparo con la edad perruna, creo que siempre andaré al borde de mis posibilidades, sintiendo, quizá, que mi vida hubiera tenido un poco de sentido en algún otro momento pasado. Supongo que para entonces será demasiado tarde y que las segundas oportunidades sólo pasan en las películas de superhéroes. Tengo el gran defecto de no ser consciente de la realidad que me rodea hasta que ya es imposible hacer nada.

Dejé el coche en la puerta del curro y me fui con un poco de mala leche a coger el autobús al Corte Inglés. Es que a esas horas, no tenía ninguna gana de esperar a la grúa, ni mucho menos de dar explicaciones a nadie del trabajo. Hacía un frío de la hostia. Me puse los auriculares para aislarme un poco más del mundo y eché a andar. Cuando llegué a la parada, todavía faltaba media hora para que pasara mi autobús. Crucé la calle y entré en el centro comercial con la única intención de encontrarme con un libro cuya reseña leí hace tiempo en un periódico nacional. Lo nuevo de Zafón, el niño del pijama a rayas… he de confesar que estuve a punto de comprar sólo por el impulso de gastar y, sobre todo, porque no encontraba ‘mi libro’. A punto de rendirme, ya había enganchado el betseller de la ‘Gárgola’, me topé con el título que andaba buscando, ‘Un grito de amor desde el centro del mundo’, de Kyoichi Katayama. Sí, lo sé, suena estúpidamente ñoño pero, sin saber muy bien por qué, sentí, cuando lo descubrí meses atrás, que tenía que leerlo.

Con los auriculares aún puestos, me subí al autobús, me senté al fondo y empecé a leer. Con la música y la lectura me olvidé del resto del mundo, incluso se me pasó el cabreo que tenía por lo del coche. Perder casi dos horas en el trayecto a casa, el frío y el olor a sudor que había en el autobús dejaron de importarme. A medida que pasaba páginas, empecé a relajarme, a disfrutar de la deliciosa historia de Katayama.

Al día siguiente volví a coger el autobús, esta vez de camino al trabajo. Eran las 6,30 de la mañana. Con el iPod en el bolsillo, el libro de Katayama en el bolso, los guantes de napa y un perfume de Dior impregnando toda mi ropa me dispuse a afrontar el trayecto con la misma armonía que el día anterior.

Comencé a leer, a pasar una página, otra, y otra…, a releer cada párrafo con detenimiento. Supongo que no tenía ganas de seguir avanzando, de terminar el libro a pesar de saber, desde el principio, cómo acaba la historia.

He añadido algunos comentarios al libro. Es una manía que tengo, de ahí que no sea muy aficionada a las bibliotecas y sí una compradora impulsiva en libros, ropa, perfumes y cremas. En cuanto a los primeros, me gusta pintarrajearlos, anotar cosas, a veces estupideces que sólo pueden tener sentido para mí, de ahí que no me guste prestarlos.

Esta mañana he ido a recoger el coche. Por suerte, no me va a costar demasiado la gracia. Tampoco tendré que levantarme a las 6 de la mañana para coger el autobús ni ponerme los auriculares para que nadie me moleste. En cuanto a mi libro, apenas me quedan unas páginas para terminarlo. No sé si darle un par de días de tregua antes de acabarlo o abandonarlo definitivamente en la estantería durante, por lo menos, un par de años más. Lo cierto es que no me atrevo a ponerle punto y final. No quiero que se acabe.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Los adoquines de Praga III


Poco más de tres meses han pasado desde mi último viaje, y en mis dos entradas anteriores no he podido contar todo lo que aquella ciudad tan increíble me ofreció.

Para los del hotel supongo que seríamos un par de turistas más, eso sí, totalmente diferentes al resto de la peña que había alojada allí (nunca mostrábamos el ticket que nos identificaba como residentes del hotel las veces que bajamos a desayunar y jamás nos tomamos ni un sorbito de cava. ¡Los turistas allí, beben alcohol a las 9 de la mañana!!! Si al menos nos hubieran ofrecido Freixenet… (en el Tretters’s, te lo dan como si fuera una auténtica delicatessen).

Nuestro Palace Atenea, tenía cierto aire romántico, la verdad es que no tenía ascensor pero para tres plantas... el machote de recepción te sube las maletas de una ‘tajá’mientras tú sólo miras. Era más majo… Además, justo al abrir la puerta, suena una archiconocida melodía de Mozart; cuando llegas a las tantas te da un poco de palo porque despiertas al chaval de recepción que ya anda en el sofá, disfrutando casi del segundo sueño. Qué le vamos a hacer, es su trabajo. En el pasillo que lleva a recepción puedes ver un montón de artículos a la venta entre los que destacan los productos de Ives rocher (esos cutrecillos que te regalan al hacer un pedido). Un poco heavy sí, pero bueno, hay que venderle al turista lo invendible, suelen ser pardillos en todos los países.

Una madrugada, después de abandonar el barrio judío medio ‘piripis’, nos pasamos por el centro, en la arteria principal que cruza Wenceslao para comer algo. Allí, además de estar todas las tiendas de ropa (Promod, Zara, Mango…) hay un montón de pubs, incluso un Mc Donalds 24 horas. Me pedí lo que siempre pido cuando voy a estos sitios, ‘un menú Mc pollo y una botella de agua’. Nos sentamos en la terraza (a esas horas no te dejan quedarte dentro) y contemplamos al resto de la peña que había por ahí: unos extranjeros italianos, todos tíos.
Mientras comíamos, vimos cómo se acercaba un tipo muy raro. Metro noventa más o menos, pasamontañas, ropa militar y una mochila. Acojonaba un huevo. Me vino a la mente la película “Desmembrados”, donde unos mercenarios locos de Europa del Este, viven en los bosques esperando encontrar autobuses de turistas en el camino para, lógicamente, desmembrarlos.
Los italianos salieron ‘por patas’ (el tipo daba miedo de verdad), mientras, nosotras éramos incapaces de apartar la mirada de aquel extraño individuo. Entró en el local, se dio una vuelta y con las mismas salió para detenerse en el escaparate de una tienda que había al lado. A la mañana siguiente, escuchamos un montón de sirenas y pensamos que, a lo mejor, aquel individuo del pasamontañas, la había ‘liado parda’ en la calle.

Otro día, tal y como señalaba nuestro travelling prestado por un generoso administrativo bancario, pasamos por la taberna del soldadito Svejk, famosa por sus almendras, sus entremeses típicos, las historietas que cuentan sus paredes y los músicos que entonan canciones tradicionales a los que no puede pagarles con la calderilla que te sobra, sólo con los “billetes” que vas echando en el saxofón). ¡Tienen un merchandising de la hostia!
En este local unos ‘viejunos alemanes’ nos invitaron a unos chupitos de becherovka y se empeñaron a que tomáramos café en su mesa. Nos tomamos los tapones y, lógicamente, rehuimos amablemente lo de estar ‘codo con codo’ en la misma mesa. Nos preguntaron lo típico, que dónde éramos, si teníamos novio, el equipo de fútbol de nuestra ciudad... Supongo que se quedaron medio impactados por nuestro escote (y que éramos más jóvenes que sus mujeres (¡que seguro que tenían!). El caso, es que nos dieron a entender que las españolas somos muy ‘recatadas’ y que mucho palique pero nada de “tiqui taca”. ¡Joder, si hubiera tenido delante al negrito de CSI o al amigo de Spiderman…!, otro gallo cantaría. En fin, una que es muy diplomática y “recatada”.

He de volver, con un poco más de frío, con escala en París y de la mano de mi alma gemela, donde quiera que esté.

Los adoquines de Praga II


Mmm, a ver, ¿dónde lo dejamos? Ahh sí, en la discoteca de la Herzigonova. El sevillano andaba restregándose con la austriaca en la pared, el cordobés se bebía su cubatilla a cámara lenta mirando cómo su colega se ponía las botas, el brasileño, después de tantear el terreno, decidió desaparecer buscando, quizá, sangre fresca en otro piso de la discoteca. Al final conoció a una chica muy mona (a la que también le iba el ‘rollo exótico’), la pena: que no sabía hablar ni ‘papa’ de inglés ni de castellano (of course), así que no hubo preliminares, ni rollo, ni nada. Qué pena, habrían salido unas criaturas preciosas…

Con tanto alcohol en las venas, me entraron ganas de ir al baño. Dejé a mi colegui con el cordobés y el brasileño debatiendo de si ir al foso (pista de baile) o no. El baño estaba relativamente cerca, pero me costó trabajo llegar. Al entrar, una mujer con los dientes de oro me dijo algo en un idioma chirriante pero totalmente comprensible: Que no entrara, coño. Aún así, me la jugué, entré. Imagino que se cagaría en toda mi raza, difuntos y demás seres allegados porque esas cosas son universales (¡y porque sus ojos estaban a puntico de saltarle de las cuencas!). Da igual que no entiendas ni jota, el gesto, la pose y el tono lo dicen todo…Cuando alguien te jode es que te jode en todos los idiomas; y que uno siempre tiende a pensar en que le están jodiendo. En fin, que yo entré al puto cuarto de baño porque me meaba encima y la muchacha de la limpieza, con su brillante dentadura, me hizo un placaje al más puro estilo americano. Supongo, que también estaría hasta los huevos de tanta ‘guiri’ meona. Comprensible.

Nos largamos de allí a las cinco de la mañana. En la puerta, y con una lluvia incipiente, nos pusimos a cascar con un grupillo de españoles que tampoco sabían muy bien qué hacer. El brasileño tenía cierta prisa, a las seis de la mañana sus coleguillas seguían el itinerario europeo y dado que no se había comido una rosca… creo que era la mejor opción que tenía. Mejor probar suerte en otra ciudad. Unos chavales de San Sebastián, unos madrileños y un tipo francés nos enzarzamos en un diálogo de esos que sólo pueden sostenerse en plena madrugada, con el alcohol en vena y con la certeza de que jamás volverás a coincidir con ninguno de los contertulios.

Recuerdo que el francés aprovechó el parón en la puerta para preguntarme si era ‘egipcia’. Al parecer el pañuelo bicolor que saqué para resguardarme de la lluvia le había confundido... ‘Pues no’, ‘pero si lo fuera… ¿Qué pasa?, ¿acaso tienes algo en contra de los egipcios?’ Le espeté al chavalín… Entonces se acercó uno de los madrileños y se puso a despotricar en contra de los franceses… El tipo se mosqueó y se largó.

Los de San Sebastián se empeñaron a ir no se dónde a ‘tomarnos la última’, como si estuviéramos en Torrevieja, vamos. Como íbamos borrachos, los madrileños, mi colegui y yo les seguimos… Llegamos a la Plaza Vieja y nos hicimos una foto. Aquí, volvieron a meterme mano. Hijos de puta…

A escasos metros, el Reloj Astrológico… Sin el tumulto del día, y a esas horas, parece descansar plácidamente.

jueves, 21 de agosto de 2008

Los adoquines de Praga I


Este verano, y por primera vez en un par de años, he tenido unas vacaciones en condiciones. La verdad es que reservé mi vuelo un tanto a ciegas, sin saber muy bien cuándo tendría vacaciones.

La cosa empezó hace poco más de cinco meses cuando, aún sin tener nada claro y por eso de perder un poco de tiempo en el curro, una amiga y yo, vía conversación telefónica, nos pusimos de acuerdo para reservar un vuelo a Praga en agosto.

Nos pillamos un vuelo más o menos económico. Por poco más de 300 euros volamos desde Alicante, haciendo escala en Frankfurt, a Praga. Si no viajas al Reino Unido, los vuelos, desde Alicante o Murcia, no resultan tan baratos. ¡No sé de dónde leches se saca la gente los trayectos por menos de 50 euros! ¿Publicidad engañosa? Es un tema que me da para otro largo ‘post’.

En fin, de Air Berlin a Czech Airlines pasando primero por Frankfurt y por el puto detector de metales de esta ciudad germana y que, al parecer, es muy sensible porque casi tenemos que dejarles el sujetador. En fin, todo sea por la seguridad aérea. Lo peor de todos los trasbordos es tener que sacar la tarjeta de embarque en ambas escalas, salir y volver a entrar. Menos mal que estos aeropuertos son relativamente pequeños (a la vuelta: Praga - Dusserdolf-Alicante), aunque eso sí, las maletas fueron directas a su destino en ambos viajes. La mía llegó casi a pedazos.¡Pobretica! Desde aquí, hago un llamamiento al personal que se encarga del mantenimiento de maletas en los aeropuertos. ¡¡¡Un poquito de cuidado, joder, que parece que os pagan una comisión los fabricantes de Samsonite!!!

Nos plantamos en Praga el 16 de agosto, sobre las 21,00 horas. El trayecto del aeropuerto a la ciudad nos costó poco más de 600 coronas, unos 35 euros más o menos. Según el tráfico, se tarda cerca de media hora. Por suerte, la peña allí controla el inglés así que no es complicado entenderse con la gente, aunque tu taxista parezca tener más años que Matusalén.

Después de instalarnos en nuestro hotelillo, que también reservamos por internet, el Athenea Palace (cerca de la entrada del metro Karlovo náměstí, y del famoso edificio Ginger and Fred), nos dispusimos a patearnos un poco la ciudad en busca de su famosa cerveza.
Creo que fue la única noche que no lloviznó. Durante el día, y la semana que estuvimos en esta increíble ciudad, hizo calor pero por la noche siempre terminaba lloviendo. Una lluvia fina, casi imperceptible pero que te cala hasta los huesos sin que apenas te des cuenta.

La primera noche, terminamos en un pub subterráneo donde el superéxito del Reggeton “Le gusta la gasolina” (o algo por el estilo) sonó con gran estruendo. ¡Otra cerveza, por favor, que me quite el mal sabor de boca (y oído)!
Salimos medio piripis de la Pilsner Urquell, la cerveza típica por excelencia, y de aquel escándalo musical. Después de pasar una semana en Praga y de frecuentar tabernas e infinidad de cervecerías, tampoco es que tengan gran variedad de cervezas… (es mi opinión personal, vamos). Está la Pilsner, la Gambrinus, la Kozel…, ésta última, a mi gusto, es especialmente buena.

Con la borrachera en ciernes, de camino al hotel y en mitad de un escaparate de bolsos plastiqueros, un tipo descarado me echó mano al culo. Desde el ‘noctambus’ de París (el autobús más intespectivo de la ciudad) no había visto semejante atrevimiento.

Dicen que Praga se ve en dos días, probablemente sea cierto pero si de verdad te interesa conocer la ciudad, llegar hasta los rincones que escapan a las guías, sólo te queda deambular de día y también de noche, perderte, preguntar… porque la ciudad, ya de por sí mágica, cambia de manera sobrenatural al caer el sol y comenzar la lluvia, además, es cuando salen los ‘bichos raros’.
La única pena es que, en las fechas que fuimos, plena temporada de ‘turisteo’, las calles, sobre todo las más emblemáticas, están llenas de peña. Orientales, muchos europeos (sobre todo italianos) y, por supuesto, mucho joven mochilero… ¡Qué tiempos aquéllos en París y en Ámsterdam…!

Es raro alejarte unos cuantos metros y no escuchar un acento conocido: gallegos, de Castilla León…, catalanes…, de Andalucía… ¡De verdad que estamos en todas partes y no comos los chinorris!!!

Durante los primeros días conseguimos levantarnos medianamente temprano. Teniendo en cuenta que el desayuno estaba incluido en el precio del alojamiento, intentamos ahorrar y ya de paso tomarnos el típico desayuno checo. Demasiada salchicha, texturas un tanto a ‘foi-gras’, salsas espesísimas… embutidos grasientos… Definitivamente, yo con un café y una tostada me apaño. En las comidas y en los horarios es donde más se nota el choque cultural pero de todas formas había que probar… ¡buahhhggg! ¡Eso sí, la gente allí…, muy maja!

Desayunamos, nos acicalamos y salimos el primer día, con los tobillos todavía intactos, a comernos la ciudad. Que si fotos en el Ginger and Fred, el edificio que semeja una pareja bailando, de ahí el nombre…, ‘la Perla de Praga’, como dice el vinilo de la puerta; las primeras vistas al Moldava… y los famosos puentes que lo atraviesan…, las torres de la Catedral de San Vito dominando el puente Carlos y el Castillo, la pequeña Torre Eiffel a lo lejos, la isla de Kampa donde empezó a forjarse la leyenda del muro grafitero de Jonh Lennon…

Justo antes de aventurarse en el Gran Puente, delante de la estatua del monarca, hay varias tiendas de souvenirs. Llama la atención una tienda de marionetas, uno de los regalos clásicos de esta ciudad. De fondo, música flamenca, y si se enteran de que eres español te presentan, en un perfecto castellano, las marionetas de Don Quijote y de Sancho. Son bastante caras, pero puedes conseguir fotos interesantes y muy originales.

Para llegar aquí, desde nuestro hotelillo, y una vez 'requetepateado' el trayecto del río Moldava, nos pillábamos el tranvía. El número 18. Un transporte que, por cierto, en esta ciudad parece que es gratis!!! A unos pocos metros del puente que conduce a Malá Strana, otro barrio turístico situado a los pies del Castillo, está la calle Siroká, una de las columnas vertebrales de Praga. Por esta calle vamos al antiguo Barrio Judío donde podemos ver todas las sinagogas de la ciudad: Maisel, la Pinkas, la Vieja Sinagoga..., el Antiguo Cementerio judío… ( Kafka está enterrado en el Nuevo). Merece la pena ver la Sinagoga Española, sin duda, por su decoración morisca, es la más bonita de todas. En las sinagogas no se puede hacer fotos y en el Viejo Cementerio es necesario sacar un permiso especial para hacerlas. Justo al salir, otro montón de puestos de souvenirs. Imanes, Golems en miniatura… y un sinfín de regalos que sacian el auténtico espíritu consumista-turístico.

No es que en la actualidad vivan muchos judíos por la zona pero sí que podemos encontrar una buena oferta de ocio en estas calles. ¿Herencia del ‘poderío económico que se amasaba aquí…? Además de las tiendas de ropa más chic (Channel, Louis Vuitton…, etc.), también está el Café Kafka, el Club Roxy, el Bombay (el bareto de moda de este verano) o el fantástico Tretter´s bar…
Bueno, aquí, mejor ir por partes. El Café Kafka no debe su nombre a que el escritor pasara tus tardes en dicho local inventando personajes o soñando con cucarachas gigantes… En realidad, sólo es un café, bonito, eso sí, que ha tomado el nombre del escritor. En cuanto al Roxy, llegamos de casualidad el sábado 16 de agosto. Borrachas para variar y después de discutir el precio de la entrada con el portero (las entradas en los clubes de Praga, por muy cutres que sean, no incluyen consumición y a partir de qué horas, el precio de las bebidas sube), terminamos en este ‘templo del techno’ con el que al final tuvimos un altercado con una estúpida camarera. Aquí, en el Roxy mi amiga coincidió con el cuñado de su hermana que iba con dos amigos más que se alojaban en un albergue cercano.¡El mundo, que es muuuuy pequeño!

Sin duda, mención especial merece el Tretter´s bar. Para aquellos a los que no les guste la cerveza, que tengan el estómago un poco harto de tanta Pilsner o simplemente quieran disfrutar de un ambiente más glamuroso, está este local. Es un bar donde los protagonistas, además de los cócteles, son los barmans, ¡igualitos que Tom Cruise en Coktail! En verano, cuesta pillar mesa, siempre está todo reservado pero si pasas por aquí, mejor búscate un hueco en la barra. Da gusto ver cómo preparan los combinados ¡Además, hay un guapetón con perilla y pinta muy seria que da mucho morbo! Los cócteles están muy elaborados, con todas las ‘pijerías’ del mundo y tienes una gran variedad donde elegir!! No resultan demasiado caros ¿Punto débil? La música, porque parece el anuncio de un disco de música de los ochenta (de los años 80’). Suele cerrar a las 2…, 3 de la mañana, según el día de la semana. Luego, si preguntas a la camarera dónde seguir la fiesta, puede que te mande al Bombay, que también está cerca. Pero en éste hay demasiados ‘niños’ y, de nuevo, ‘la Gasolina’ de fondo…

Cerca del Puente Carlos, junto al río, está el Karlovy Lázne. Se supone, que es la discoteca más grande de centroeuropa (y donde iba Eva Herzigova poco después de ponerse el wonderbra a bailar). El club tiene cinco pisos y para entrar tienes que pasar por un tipo con un aparato que detecta ‘metales’ y te registra el bolso. En la puerta, ya te explican gráficamente que está prohibido entrar con pistolas, granadas y demás armas. Por supuesto, la entrada no incluye consumición. No me acuerdo del precio. El club cierra a las 5 de la mañana y en uno de los pisos, puedes ver una especie de Cristo, como el que hay al bajar del Puerto de la Cadena, en plan ‘cibernético’. Allí, casi todo son reservados, a excepción de unos ‘zulos’ que simulan pistas de baile, y el look a lo Ken de Barbie entre los tíos está muy de moda. Como seas moreno, estés algo bronceado, y ya si eres tía…, se te echan (casi literalmente) encima. Muuuchos ‘guiris’ en este antro y unas ganas de `pillar’ fuera de lo normal.
A esta discoteca fuimos con unos chavalines que conocimos en la puerta. Mi amiga y yo no sabíamos muy bien dónde ir. Un brasileño, un sevillano y un cordobés nos ‘empujaron’ al club de la Herzigova. Más Pilsner, algún cubatilla con algún ron extraño y mucho maromo metiéndote la pierna. Exágerao… El primero en ‘pillar’ fue el sevillano. Empezó una conversación con una austriaca que, al parecer, estaba en su mismo albergue.¡Cómo le enroscaba la pierna la tía! Joe, ni Indiana Jones se hubiera escapado!!! Y como la amiga de la colegui no iba a ser menos, pronto se lanzó a los brazos de un chavalote con pinta de plástico… ¡Éste bien que le metía mano a las tetas! Mientras, el brasileño le daba clase al cordobés de samba… Fotos por aquí, que si ligue por allá, que si de dónde eres... etc, etc...

martes, 29 de julio de 2008

'Darse un tiempo'

Ayer habla por teléfono con una amiga. Me comentó que se había dado un tiempo, ‘un descanso’ con el novio. ‘No, no hemos cortado pero ahí estamos, cada uno por su lado’- me dijo-. Desde fuera, pensando lo más objetivamente que puedo, me suena a cuento chino. Es obvio que últimamente no están lo bien que deberían, pero claro, mi amiga sólo me cuenta las cosas que no terminan de cuajarle, que son muchas. Lo bueno, yo no lo sé. Para estar así con una persona, habrá más cosas positivas que negativas, digo yo, porque si no, joder, menuda manera de amargarse la vida. En fin, yo es que ya no entiendo nada. He de reconocer que, a veces, cuando me cuenta sus historias, desconecto, me da pereza meterme en los rollos de la gente. Es que veo una solución tan fácil… Supongo que la mía es una opinión demasiado objetiva (o subjetiva, según se mire y que yo le doy a todo una solución un tanto drástica…).

Pude entender que el berrinche de mi amiga vino de unas cuantas semanas atrás, cuando el novio y sus amigos se fueron de despedida de soltero a un idílico pueblo andalúz. Al parecer, los chiquillos se fueron a un puticlub donde el novio se folló a una puta ¿Es a lo que se va, no? Al resto, incluido el novio de mi amiga, les metieron mano, les clavaron con las copas… y a saber qué cosas depravadas e inconfesables se dejaron hacer por las putis... Mi más sentida admiración por este colectivo, por cierto.

El problema es que mi amiga no supo de esta historia hasta el fin de semana pasado… Imagino el diálogo con el novio: ‘¿y tú, no te tiraste a nadie? ¿Por qué no me dijiste que fuisteis a un puticlub?’ Supongo que este tipo de situaciones terminan por minar una relación. ¿Falta de comunicación? ¿Miedo o desconfianza a la hora de dar explicaciones cuando en realidad no hay nada que contar? ¿Y cómo entender que tu pareja ha estado en un ‘paraíso sexual’ donde la gente va expresamente a follar y no te dice nada? ¿Pero es que hay que contarlo todo?- pregunto. No sé ¿Y si realmente no pasó nada físico? ¿Por qué ‘preocupar’ a la otra persona si no ocurrió ‘nada’? Y si pasó, ¿acaso uno no puede permitirse un desliz? ¿Supone esto el punto y final de una relación estable? Supongo que es complicado y que ya depende de cada uno y de la situación (para terminar poniendo o no ‘los cuernos’). Supongo que nos gusta calentarnos la cabeza a las personas. Si no, no lo entiendo.

Además de ir a un puticlub, los chavales también estuvieron hasta las tantas en una discoteca. Otro lugar muy común para ‘caer’, sobre todo si llevas unas copas de más y estás de fiesta sin la novia, rodeado de un montón de colegas (de despedida de soltero) y viendo ‘carne fresca’, con escotes y minifaldas de infarto insinuándose a cada instante ¿Quién puede hacer frente a semejante tentación? Creo que vuelve a depender de la persona, de la situación, así que es mejor no poner la mano en el fuego por nadie, ni decir en voz alta que ‘tu novio jamás iría a un puticlub, o se enrollaría con otra’, porque si las personas nos caracterizamos por algo es porque somos impredecibles (y porque la carne es débil, claro). De hecho, uno de los colegas se enrolló con una chavala en la discoteca (otra ’puta’, para el colectivo de novias despechadas), porque eso sí, el chiquillo tenía su novia formal hasta que ésta, le pilló un sms y se dio cuenta de la clase de pareja que tenía (además de liarse con otra tía, le dejó el número de móvil). Al final volverán, porque la ‘rutina del amor’ puede más, por mucho que uno/a se llene la boca diciendo que jamás perdonaría unos cuernos. Seguro que en los días posteriores a la ‘pillada’ la ‘ex - novia’ pensó, en la última vez que se fue de fiesta con las amigas (quizá en una despedida de soltera), en el macizo que se le insinuó y que, con mucho esfuerzo, rechazó, pensado en la carita de su novio. ¿Cómo iba a hacerle algo así? Él jamás lo haría… ¿Es para sentirse gilipollas, no? En fin…

A todos nos gustaría tener la certeza de que nuestras parejas nos son fieles, que jamás se fijarán en otras personas. Seamos un poco realistas. Nos gusta sentirnos únicos, especiales, insustituibles… ¿Pero no será que también nos gusta ser deseados por otras personas? La vida da muchas vueltas y nunca se sabe lo que puede pasar, ¡y que la carne es muy débil, leches! ¿Que es mejor no saber ciertas cosas del novio/a? Probablemente. Mientras, merece la pena disfrutar de cada momento, con la pareja o sin ella. La vida es corta… Demasiado corta.

sábado, 19 de julio de 2008

Esperar nada



Pasan los días y lo que creí que era un cambio en mi personalidad, que parecía un poco más abierta a la gente, más sociable, no es más que una ilusión. Hoy más que nunca tengo ganas de desaparecer, de romper con todos los vínculos que me atan: amistades, familia, conocidos... Puro egoísmo por mi parte, sí, tal vez, aunque, por otro lado, pienso que tampoco tengo la culpa de sentirme como me siento y que mis emociones, como las de cualquier otra persona, no son porque sí. ¡Cómo me gustaría dominarlas!

La sensación de ‘no encajar’ en ningún lugar me ha acompañado desde siempre, acentuándose en determinadas fechas, épocas…, situaciones. No termino de encontrar mi ‘camino’, si es que alguna vez puse mis pies sobre él. Tampoco me siento capaz de explicar a las personas más cercanas cómo me siento. Cada uno tiene lo suyo, para qué gastar energías hablando sobre algo tan ambiguo.

Siempre me ha dado ‘pereza’ abrirme a los demás. Prefiero ser yo la que haga las preguntas, la que ‘domine’ la situación, la que se mantiene distante por no mostrar cualquier atisbo de vulnerabilidad.

Quizá sea algo genético y que por muchos esfuerzos que haga por cambiar, mi naturaleza me lo impide. Que la culpa sea de mi ADN ya no me parece una idea tan descabellada.

Y si mañana me siento igual, todavía tengo este ‘ciber hueco’ para desahogarme un poco.